Archive for agosto, 2009

Verdad y comunicación política

Lunes, agosto 24th, 2009

Si la comunicación se reduce a técnica y la política a juego, la comunicación política no pasa de ser un catálogo de movimientos más o menos ingeniosos sobre la copia desfigurada de una realidad ya desaparecida.

El sociólogo Baudrillard ya nos advirtió en los años noventa (“El crimen perfecto”. Anagrama, 1996) que esa desaparición, o repliegue, se estaba produciendo, que lo que entendíamos como real cedía frente al ímpetu de su doble, es decir, frente al relato que le otorga sentido.

En este mismo año, Vicente Verdú (“El capitalismo funeral. La crisis o la tercera guerra mundial”) escribió: “Desde hace dos décadas la mentira pública y la corrupción a escala global era ya múltiple y multípara. Con la verdad a cuestas apenas se podía dar un paso, mientras que gracias a la mentira, su perfume o su humareda, se podía volar. Cuanto menos adherencia y sujeción a una idea o a una creencia, mayor capacidad para transmigrar”

A lo largo de este mes de agosto, los ciudadanos (aunque quizá no demasiados) hemos asistido a una refriega verbal entre los dos principales partidos españoles de tintes surrealistas: acusaciones sin pruebas, y sin intención de presentarlas, por un lado; vestiduras rasgadas y aspavientos escandalizados, por el otro. Todos aupados a una grandilocuencia lingüística más propia de un dramón calderoniano que de un debate político civilizado, es decir, democrático.

Xosé Luis Barreiro Rivas (“La Voz de Galicia”, 13 de agosto) recomendó a sus lectores que no hicieran caso, que no se creyeran la gravedad de tales declaraciones, que siguieran a lo suyo sin fijarse demasiado en todos esos fuegos de artificio, en esas florituras verbales irrelevantes.

Petición innecesaria, creo yo, porque en esa posición nos encontrábamos. Sabemos ya que todo responde a una estrategia, que los emisores de esos mensajes no ofrecen ni pretenden información, no presentan ni exigen enunciados verdaderos, ni siquiera verosímiles; sabemos que su único interés apunta a la consecución de resultados satisfactorios para su cuenta política. Y eso nos distancia, nos expulsa del ágora, nos convierte en meros espectadores de un combate circense; y así la democracia se resiente, se desvirtúa, se convierte en mero mecanismo circunstancial.

El escritor italiano Alessandro Baricco (“Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación”. 2008)  escribió: “…la democracia a estas alturas es únicamente una técnica que se mueve sin sentido, celebrando un único valor realmente reconocible, es decir, a sí misma. No sé si es una perversión mía o un sentimiento compartido por muchos. Pero lo cierto es que muy a menudo existe la duda de que hasta los principios de libertad, igualdad y solidaridad que fundaron la idea de democracia se han ido deslizando hacia el trasfondo y que el único valor efectivo de la democracia es la democracia. Cuando se limitan las libertades individuales en nombre de la seguridad. Cuando se debilitan los principios morales para exportar, con la guerra, la democracia. Cuando se reunifica la complejidad del sentir político en la oposición de dos polos que lo cierto es que se disputan un puñado de indecisos que se han quedado ahí en medio. ¿No es el triunfo de la técnica sobre los principios? ¿Y no se parece de manera sorprendente al mismo delirio bárbaro, que corre el peligro de santificar una mera técnica, convirtiéndola en una divinidad que se apoya en un vacío de contenidos?…”

Es ahí donde estamos: la política convertida en juego de ingenio, alejada de la realidad y actuando exclusivamente sobre los simulacros que la sustituyen, cada vez más prisionera de una jerigonza o argot incomprensible, ajeno al mundo de la vida (Habermas), marginal, sólo utilizado por una clase política aérea, desenraizada.

La verdad pesa, ata, es tozuda. La ficción es ligera, libre, reversible. Se ha optado por una levedad ciertamente insoportable.

¿No será mejor dejar los malabarismos a un lado y volver a situar la verdad en la médula del discurso, en la armazón de cualquier estrategia comunicativa? ¿Estaremos todavía a tiempo de regresar a la realidad, aunque sólo sea para contradecirla (negarla, transformarla), o ya no será posible y viviremos condenados al vagabundeo incondicionado de la apariencias?

La comunicación política, como todo tipo de comunicación, debe hacerse también estas preguntas.

Del anulismo a la creatividad pública (El País, 17.08.09)

Lunes, agosto 17th, 2009

ANDRÉS LAJOUS 17/08/2009
En las elecciones intermedias en México el 5 de julio, a nivel nacional, la cifra de votos nulos fue de alrededor del 6% de la votación total (considerando los “votos nulos por error” diversos cálculos establecen el “voto nulo voluntario” entre 2 y 4% de la votación), y en varios estados de la República llegó a superar el 7%, por arriba de algunos partidos políticos. En particular llama la atención que en la capital del país el voto nulo fue de alrededor del 11 por ciento de la votación total.

Hoy sabemos, gracias a la encuesta de salida hecha por la empresa Parametría, que el votante anulista pertenece a la clase media, tiene mediano y alto nivel educativo, y sobre todo es opositor a gobiernos, a los locales y al nacional indistintamente. Lo más sobresaliente en términos políticos es que los anulistas son personas que desaprueban a los gobiernos en turno, pero que no están convencidos de que los partidos de oposición puedan ser eso: oposición. Es decir, pareciera que el llamado de atención del voto nulo no sólo es para quienes tienen las mayorías en los órganos de gobierno, sino para quienes desde las minorías no han logrado construir una alternativa creíble al statu quo.

En cambio, aunque no sabemos cómo estaba compuesto el electorado anti-anulista (que no es lo mismo que quienes votaron por un partido) hay ciertos patrones en sus argumentos que nos permiten ver sus preocupaciones, a todas luces conservadoras.

El economista Albert O. Hirschman decía que hay tres lógicas argumentativas que históricamente usan los reaccionarios en contra de quienes argumentan la necesidad de importantes cambios políticos y sociales. Ésas son: perversidad, futilidad, y riesgo. La primera condena el cambio, con el argumento de que sus promotores lograrán lo opuesto a sus objetivos. En el caso del voto nulo se decía que los anulistas en vez de debilitar la rigidez del sistema de partidos, la fortalecería. La segunda, condena el cambio por considerarlo inútil. Este solía ser el alegato más frustrante, pues predice que no importa lo que hagan las y los ciudadanos, el sistema político no va a cambiar. La tercera advierte que si los objetivos de quienes piden los cambios se logran, entonces perderán otras conquistas ganadas. El argumento más estridente en contra del anulismo decía que dañaría las instituciones democráticas, y que pondría en juego las libertades básicas que tantos años (y muertos) han costado. De manera coloquial la advertencia reaccionaria se podría expresar así: ni le muevan al sistema político porque: a) les va a salir el tiro por la culata, b) van a perder el tiempo, y c) van a perder lo ganado.

Estos críticos conservadores lo que no lograron ver es que la discusión política es el primer paso para generar algo que la democracia mexicana siempre ha envidiado a otros países: la formación de capital social. A partir de lo que hoy se conoce en México como el movimiento anulista, se formó la Asamblea Nacional Ciudadana (ANCA), conformada por alrededor de 70 organizaciones con muy diversos intereses y orígenes. En una primera sesión, la ANCA acordó promover la discusión legislativa en por lo menos tres grandes temas vinculados a la participación política: 1) la implementación de mecanismos de democracia directa, 2) la reducción del financiamiento a los partidos políticos y el incremento de mecanismos de rendición de cuentas, y 3) la apertura a la participación electoral con candidaturas independientes. El capital social es eso, ciudadanos que establecen relaciones a partir de sus intereses y anhelos compartidos, y que en este caso, se ponen a pensar en las formas de refundación de la democracia mexicana.

La fuerza del movimiento anulista reside en la posibilidad de volver a abrir el espacio para la creatividad pública. En una situación de reconocimiento, pero al mismo tiempo de marginación de la instituciones formales, de poco servirán tanto las propuestas tradicionales como las tácticas comunes. Si algo hay que aprender de quienes participaron en la construcción de las instituciones democráticas a finales del siglo pasado, es que la creatividad y la imaginación son los mejores instrumentos para avanzar en la democracia.

Todavía no sabemos cuáles son las innovaciones institucionales que México puede volver a aportar a los sistemas democráticos que existen, como fue la ciudadanización del Instituto Federal Electoral. Sin provocar más discusiones, más públicas y con más participantes, no podremos saber qué nuevas oportunidades estamos perdiendo para tener una mejor democracia que deje a los ciudadanos más satisfechos con sus mecanismos de gobierno. Por esto, tendrá que ser una discusión en la que participen miles de personas, que todavía no conocemos, con argumentos propios, y que tendrán que ser escuchados, sean cuales sean, con el respeto que implica la igualdad política.

Esta discusión podría tener un importante avance si empieza por cuestionar la homogeneidad institucional que el centro le ha impuesto históricamente al resto del país. Si en México empezáramos por hacer atrevidos experimentos institucionales a nivel local y estatal podríamos ir aprendiendo de lo mejor y lo peor que nos puede ocurrir en términos de organización de la forma de gobierno. Si contáramos con muchos aunque pequeños casos de éxito y fracaso, podríamos protegernos de los riesgos innecesarios que todo experimento implica, pero al mismo tiempo documentar las bases del optimismo que exige el cambio político.

Andrés Lajous es Maestro en Planeación Urbana por el MIT y activista político.

Conspiración & Colapso

Miércoles, agosto 12th, 2009

Primero, antes que nada, y sin pretender caer en el discurso de “todos los políticos son iguales”: si estamos de acuerdo en que es una vergüenza que el presidente del TSJV es amigo de Francisco Camps y, suponemos que de alguna forma eso ayudó  a que la decisión de la pasada semana; no podemos aplicar un doble rasero y negar que la fiscalía está jugando un papel importante en la actual estrategia de comunicación del Gobierno y del PSOE -como antes ocurrió y, por desgracias, seguirá ocurriendo con otros gobiernos-.

Ahora sí entrando en nuestra materia, que es la comunicación política, durante estos días estamos viendo dos estrategias muy diferenciadas pero a la vez muy estudiadas por parte del PP con del PSOE/Gobierno.

Por un lado, el PP vuelve a la estrategia de la crispación tal y como la define Maravall en su libro La Conspiración Política. En resumen, esta estrategia busca mantener atado a su electorado mientras desmoviliza al contrario al intentar mostrar que todos son iguales, algo que afecta más al electorado de izquierdas. ¿Cómo? A través de contar a la opinión pública un relato (storytelling) que cuestiona de arriba abajo el sistema -Gobierno, jueces, policía- al igual que ya lo hiciera con el 11-M. ¿Problema? El mismo también que el que surgió durante los tres primeros años de oposición en la pasada legislatura. Y es que, pensémoslo un momento, ¿es creíble el relato que cuenta el PP?

Tras el 11-M, uno de los grandes problemas del relato del PP fue que a la ciudadanía, después de perder casi 200 vidas en un atentado terrorífico, tras un final del proceso electoral de 2004 tan traumático, no estaba preparada para cuestionar de arriba abajo el sistema político, judicial y mediático español -más allá de que además de estar la gente preparada lo defendido por los populares fuera real o no, esa no es la cuestión-.

Establecido el paralelismo con la actual situación, hay que establecer la diferencia. Y es que, ahora la ciudadanía no está tan sensibilizada al no haber por medio una cuestión de terrorismo, y, a la vez, estamos en una época de crisis que hace que la batalla sobre qué relato es más creíble (el del PP o el del PSOE) sí que pueda haber posibilidades para los de Rajoy. Durante el próximo año y medio, la importancia de la crisis irá cayendo, y para la derecha puede haber pasado la oportunidad de rentabilizar en votos la crisis (dead line: municipales 2011). Es por ello que, si quieren conseguir que los españoles se cuestionen la confianza que tienen depositada en Zapatero y que siempre sale en las encuestas, el momento ya es ahora o nunca.

La otra diferencia, quizá más básica todavía, es que sin en 2004 el PP utilizó la estrategia para ir a la ofensiva y consolidar un suelo de votos que a pesar de perder las elecciones, fue muy sólido, en esta ocasión la estrategia es completamente defensiva, al intentar poner en cuestionamiento todos los frentes judiciales que por casos de corrupción están saltando durante los últimos meses.

Y es aquí donde entra la cuestión inicial. Una parte de la estrategia del PSOE / Gobierno es hacer saltar todos los casos posibles de corrupción alrededor del PP. ¿Objetivo? Creo que uno de los puntos fuertes es hacer que los populares no consigan constituirse como alternativa de gobierno. Si en su día era porque vivían fuera de la realidad (por la crispación, el terrorismo, las mentiras y Aznar) y más tarde porque la división dentro del partido daba el mensaje de “si no son capaces de gobernarse a sí mismos, como van a gobernar España”; ahora el mensaje sobre el Partido Popular es el de “¿ustedes pondrían sus ahorros en las manos de esta gente?”.

Además, que la corrupción esté dominando la agenda política y mediática, hace triunfar una vez más para los socialistas la teoría que Lakoff nos explica en Puntos de Reflexión y en No pienses en un elefante. Primero porque saca la crisis de la agenda, segundo porque enfoca la cuestión sobre el punto débil de los rivales y tercero, porque las respuestas que están dando a cada contraataque del PP y los argumentos lanzados para justificar las actuaciones de la fiscalía, son argumentos lógicos, comprensibles y expresados dentro en un clima de tranquilidad (véase a José Blanco pidiendo hoy a Rajoy que se vaya de vacaciones y se quite el estrés). Si se juntan esos ingredientes, los socialistas pueden seguir insistiendo en que el PP presente la denuncia a pesar de que ya lo hayan hecho hace dos o tres semanas. Pero, es lo que consigue tener un relato creíble. Casi podríamos llamarlo una estrategia de colapso hacia la oposición: quizá los primeros casos acaben pasando y afectando no demasiado, pero puede llegar un momento en el que el edificio se derrumbe.

¿Una solución para el PP?

Ya sé que Rajoy nos ha demostrado que para él es preferible meter los conflictos en un cajón o debajo del montón acumulado en la mesa y esperar a que el tiempo los resuelva; pero esa forma de actuar hasta ahora le ha funcionado para sobrevivir, para no caer y conservar su liderazgo en el partido, no para ganar elecciones.  Como decía Tony Blair en la entrevista publicada en El Semanal -también  válida para Zapatero-: «…Si te limitas a navegar con el viento, no gobiernas. Sólo intentas mantenerte en el poder».

Por ello Mariano Rajoy debería de recordar una cosa ahora que está pasando estos días de verano en Pontevedra. La campaña de Feijóo para las elecciones de marzo en Galicia dio el golpe de efecto al cesar al que sería cabeza de lista por Orense en el Partido Popular, Luis Carrera. Ganó mucha credibilidad, algo que sumado a las acusaciones de derroche hacia el bipartito acabó de marcar la inercia de la campaña.

Populismo positivo: la necesidad de un relato de izquierdas

Domingo, agosto 9th, 2009

En una interesante entrevista publicada en O Xornal , el sociólogo Fermín Bouza declara echar de menos una mayor dosis de populismo en la izquierda gallega.

Tal afirmación puede sorprender en un primer momento, ya que el término se ha ido cargando de elementos negativos y su utilización responde en la mayoría de  los casos a un afán claramente peyorativo, en consonancia semántica con otro concepto desvalorizado: la demagogia.

No es por ahí por donde va, como es obvio, Fermín Bouza. Entiendo su defensa de término tan escurridizo y volátil ( al que, por ejemplo, se pueden adscribir desde Hugo Chávez -izquierda- a Haider -derecha-) como la plasmación de una necesidad cada vez más imperiosa: la estructuración de un relato de izquierdas claramente entendible y asumible por la mayoría de la ciudadanía.

Porque es ahí, en la política, por así decir, del cuento, en la conversión de la realidad en relato, en narración creíble, donde la izquierda se ha ido quedando rezagada, sin armas ni pertrechos. Se trataría de volver a las calles, a las plazas, a contar y a cantar “las verdades del barquero”, de abandonar el púlpito o la tarima e insuflar en el mensaje una claridad diáfana.

Del populismo habría mucho que hablar, de sus manifestaciones y derivaciones, pero Bouza sólo pretende defender un vínculo fiable entre el “populus” y sus representantes.