Serán las 23:00 de la noche del 20 de noviembre y veremos un balcón de Genova sonriente y exaltado, una hinchada desbocada ondeando banderas y festejando el éxito, un país aplastantemente azul y popular.
En otra calle, todo lo contrario, caras de desánimo, rostros que muestran la impotencia de no haber podido hacer nada.
“A Merkel le está pasando lo mismo, y a Sarkozy, también van a perder”, será la justificación. “La campaña ha sido buena, el candidato el mejor que teníamos”, dirán los que están en primera fila. “Por poco me quedo sin escaño”, dirán los que están más atrás. Con todo, habrá un análisis coincidente: “la economía nos ha matado”.
Pues no. La economía no. El partido es el que ha propiciado la aplastante derrota, de forma no intencionada, obviamente.
El desánimo, origen y causa de la inacción, y la asunción de la derrota como inevitable -idea instigada por los medios conservadores y asumida sin recelo por la izquierda- ha menoscabado cualquier intento, por parte del equipo del candidato y miembros de la vieja guardia, de lograr la victoria.
Medios de comunicación afines, sectores sociales vinculados históricamente y, lo que es más grave aún, los propios militantes se han sumado a esta espiral de parálisis colectiva y partidista.
El profesor Bouza lo mostró infinidad de veces. En el 96 el PSOE no ganó porque no quiso o, más bien, porque los golpes recibidos habían sido muy duros como para seguir gobernando. Ahora pasa lo mismo. El PSOE no va a ganar porque no quiere, o porque no le apetece. Porque a cada palabra de solidaridad, de igualdad, de comunidad le acompaña una de derrota, de pesimismo. Obvian la diferencia entre candidatos, el poder de movilización del partido, el importante y evidente voto oculto que no muestran las encuestas… da igual, no van a ganar porque no quieren ganar. Y ahora es de lo que se trata, de ganar.
¿Ha sido la economía? No, ellos mismos.
Desde hace meses –ya años-, Enrique Peña Nieto se ha posicionado como sucesor de Felipe Calderón y ha conseguido situarse en las encuestas como el preferido por la mayoría de mexicanos, siendo el principal favorito para las elecciones que se celebrarán el 1 de julio de 2012.
Peña Nieto, desde el 15 de septiembre ex-gobernardor del Estado de México, acudió la noche del pasado lunes al programa de López Dóriga.
De esta entrevista podemos destacar tres apuntes:
Mensaje.Sí, quiero ser presidente de México. Resume el éxito de su estrategia de posicionamiento. Se ha colocado como favorito en las encuestas sin pronunciarse hasta conseguir una “casi nominación” cantada como se pudo ver el pasado 15 de septiembre en la toma de protesta de Eruviel Ávila.
Timing. Peña Nieto ha sabido esperar para expresar su ambición. Todo el mundo lo sabía y lo tenía asumido, pero también todos esperaban a que se pronunciara y consiguió acaparar la agenda mediática.
Estrategia de confianza, no campaña negativa. Es favorito. Se centra en los militantes y simpatizantes de su partido y en los ciudadanos mexicanos. Elude hablar de cualquiera de sus posibles rivales y apela a la responsabilidad del resto de partidos para llevar a cabo una campaña limpia.
Quedan nueve meses de campaña por delante y aunque ninguno de los tres partidos (PRI, PAN, PRD) tiene candidato oficial, el Revolucionario Institucional es el único que parece tenerlo claro frente a las luchas internas del PAN y la división en la izquierda entre Marcelo Ebrard y Andrés Manuel López Obrador.
Estos días he empezado a ver la serie John Adams .
John Adams fue uno de los actores clave durante las cinco primeras décadas de EEUU. Fue el primer Vicepresidente y el segundo Presidente de los Estados Unidos de América. Desde su figura, la serie recorre el nacimiento y los primeros años de vida de la nación americana. En ella podemos encontrar muchos ejemplos prácticos sobre estrategia y comunicación política.
La serie nos resume a través de las posiciones enfrentadas de dos congresistas el debate que se dio el día 1 de julio de 1776 sobre la aprobación de dicha declaración.
Por un lado, John Dickinson, delegado de Pennsylvannia. Por otro, John Adams, delegado de Massachusetts. Dos discursos; uno a favor y otro en contra de la independencia. Dos formas de ver el mundo y, en la práctica, dos estrategias de comunicación.
John Dickinson se opone a la Declaración de Independencia y lo hace con la estrategia del miedo. Pero, ¿miedo a qué? Si nos paramos un instante veremos que no son issues únicos ni excepcionales:
Guerra. Si la moción sale adelante, Dickinson augura que se “derramará la sangre y acabará con la felicidad” de sus compatriotas, New York acabará destruída (el estado de NY también estaba en contra)
Seguridad. Denuncia el riesgo de que Gran Bretaña pase de ser un protector a un enemigo y que toda su fuerza militar caiga sobre las colonias -el Rey Jorge había condenado a la horca a todos los delegados de las colonias-, y desconfía del precio de la ayuda extranjera –Francia y Holanda- para financiar al ejército.
Discriminación (hoy día inmigración). Los otros (indios y negros) camparán a sus anchas por sus territorios si la guerra se estanca y no hay vencedores ni vencidos.
Unidad. Las dificultades a la hora de instaurar un gobierno común para las 13 colonias era una cuestión presente y preocupante en los debates.
Cierra su discurso con una imagen muy potente: Emprender este camino será como capear un temporal en un barquito de papel.
John Adams es impulsor de la moción que pretende aprobar la Declaración de Independencia. Es consciente de que necesita crear consenso y que las 13 colonias apoyen la medida. Para ello utiliza la estrategia de la confianza apelando a:
Esperanza. Confronta su posición con la de Dickinson, “donde el ve la Apocalipsis yo veo la Esperanza”, y apela a las futuras generaciones, a los “millones de compatriotas que nacerán aquí”.
Un reto/ una visión. Adams habla de los objetivos de gran magnitud que tienen por delante para justificar el derramamiento de sangre. “Ha llegado la hora, veo una nueva nación, no un Imperio. Veo una república de leyes no de hombres. La Revolución más completa, inesperada y asombrosa. No hay nada a este lado de Jerusalén más importante:”
Libertad. La libertad es el objetivo final de la Independencia y Adams lo aprovecha para hacer la parte más emotiva de su discurso: “pocos hombres han podido elegir un sistema de gobierno para ellos y sus hijos. Nuestro fin vale muycho más que todos los medios. Mi buen juicio apoya esta causa y mi corazón va con ella. Mientras viva quiero tener un país libre.”
Finalmente la Declaración fue aprobada con 12 votos a favor y una abstención, la de Nueva York. John Dickinson no acudió a la votación y fue Benjamin Franklin el que votó a favor en representación de Pennsylvannia. La aprobación de la Declaración de Independencia es un hecho histórico que cambió el orden mundial. Las estrategia del miedo y la de la confianza no supusieron algo nuevo, pero siguen definiendo la historia.